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Ciencia y Tecnología

EL DÍA DEL ECLIPSE

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La vida tiene cosas maravillosas e inexplicables, quizá afortunadamente inexplicables.

El día del eclipse total de sol, estuve cubriendo el evento en La Adela, una población que crece a la margen del Río Colorado y donde convive la vegetación exuberante del río, con el monte agreste de la barda.

Se había organizado una actividad para ver con telescopios el eclipse, con transmisión en directo de Canal 3, con stands de artesanos y comidas; se esperaban y llegaron, visitantes de distintos puntos del país.

Pero a medida que pasaban las horas de la mañana, el día se iba nublando, y antes del mediodía, el viento y la caída de algunas gotas presagiaban que los asistentes no podrían ver el eclipse en directo y tendrían que conformarse con una transmisión vía satélite en pantalla gigante de otros lugares donde se estuviera viendo.

Fue entonces cuando decidí recorrer los stands… uno me llamó la atención. Había una chica, delgada, que hacía sonar un cuenco tibetano. Era Mariela Pagliai, del Centro de Relajación y Armonización “Las Hamacas”. Me acerqué. Mariela me invitó a armonizarme y me ofreció asiento. No lo dudé. Ni siquiera pasó por mi mente. Dije que sí. Ya sentada le pregunté cuánto costaba. Me respondió que era gratis.

Con el cuenco vibrando recorrió mi cuerpo. Sentí una leve vibración en mis brazos y mis piernas. Al terminar, le pregunté cómo podía colaborar. Me respondió: difundiendo. Es ese el motivo de esta nota, cumplir con mi promesa de colaborar difundiendo sus técnicas.

La mente humana hace, a veces, asociaciones inexplicables. Minutos después de mi armonización, el cielo comenzó a despejarse. Era pasado el mediodía, la hora del eclipse total. Y, mágicamente, munidos de unos simpáticos anteojitos, vimos el eclipse en todo su fulgor. Vimos cómo la Luna ocultaba casi por completo al Sol, dejando sólo a la vista un borde incandescente. Vimos cómo esa sombra oscura se iba desplazando hasta dejar brillar nuevamente al astro rey.

Y comprendimos nuestra verdadera dimensión en el Universo. Y nos abismamos en la idea de que somos un ser pequeño y mortal, parado sobre una mota de arena, que mira con asombro y sin comprenderlo plenamente, cómo nuestro satélite -otra mota de arena en el Universo- se ubica de tal manera que nos oculta al Sol por un breve instante. Una ilusión óptica fascinante. La sombra de una ilusión.

Por extraño que pueda parecer, una idea comenzó a tomar forma en mi mente: un solo gesto de generosidad, de amor, puede cambiar el mundo, pensé; puede disipar las densas nubes de egoísmo y miedo que nos atormentan; puede hacer que de la oscuridad nazca la luz.

Fuente: En Crudo

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